lunes, 19 de agosto de 2013

Aspectos del cuento de Cortázar

Aspectos del cuento.  Julio Cortázar

Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.

Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posesión y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que solo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y sin embargo, no creo que sea así. Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.

La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país -Francia- donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.

Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.

Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermoso? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.

Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.

En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local.

No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no …

Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda suspensión of disbelief obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.
Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una “explicación” a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de “full-time” de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.


Apuntes para un análisis de Los jefes de Mario Vargas Llosa

Apuntes para  un análisis de Los jefes de Mario Vargas Llosa. (2012)
ABF.-p

Los Jefes  es conjunto de relatos escritos entre 1953 y 1957 por un joven Vargas Llosa, y publicados en 1959 a los 23 años. Es un volumen que  consta de seis cuentos, de los cua­les, el primero da el título al libro.

El cuento titulado «Los jefes» es el más largo: veintinueve páginas. En longitud menor, continúan en este orden: «Día domingo», 28 pá­ginas; «El hermano menor», 19; «El desafío», 18; «Un visitante», 13; y «El abuelo», 10.

Los cuentos «Los jefes» y «El desafío» están escritos en primera persona (con narrador autodiegético el primero y homodiegético el segundo); los demás, en tercera, (narrador heterodiegético).

Respecto a estos títulos, (paratextos) una primera aproximación: todos ellos aluden de manera directa
-          a los protagonistas : (Los jefes, El Hermano Menor, Un Visitante y El Abuelo),
-          al motivo central: (El Desafío) y 
-          al tiempo  principal del acontecer:  (Día Domingo) de tales relatos.

Forma de titular  que no es la que caracterizará posteriormente las tres obras que todos señalan como las centrales del autor, pues como se sabe La Ciudad y los Perros, la segunda parte del paratexto no alude directamente a perros específicos, sino a los cadetes de primer año del Colegio Leoncio Prado; La Casa Verde no es tal sino un prostíbulo y La Conversación en la Catedral, no ocurre en este lugar sacro sino en un merendero de pobres.


En términos generales podría decirse que el volumen Los Jefes, re­presenta en la obra de Mario Vargas Llosa los fundamentos de una parte importante de su temática, de su visión de mundo y de sus técnicas o estrategias narrativas. El mismo ha dicho en  una entrevista que "Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros." 

 Véase al respecto las opiniones del crítico Emir Rodríguez Monegal, en una conversación con el autor:

“Cuando le observo  en el cuento que da título al volumen [Los Jefes] hay una premonición del tema de La Ciudad y los perros,[primera novela publicada de este autor en 1962 y que inaugura el Boom de la narrativa hispanoamericana de los años sesenta] observa Vargas Llosa: ‘Si es posible porque se trata precisamente de estudiantes pero en realidad el cuento está inspirado en un hecho real, una especie de motín estudiantil en el Colegio San Miguel de Piura, una huelga contra el director, que yo viví de cerca. Pero conscientemente, yo  nunca relacioné este cuento con lo que pasa en el Colegio Leoncio Prado en la novela. Probablemente hay cierta semejanza’. Le señalo que hay semejanzas de clima, y también de tensiones subterráneas entre los personajes. Los muchachos en ambos relatos están motivados por un medio que es similar en ambos casos, pero también están marcados por la manera en que el narrador encara el conflicto y presenta a los personajes. Precisamente, al leer La Ciudad y los perros se reconoce (ampliada) la misma capacidad de mostrar las tensiones que suscita la convivencia, esa mira del narrador que busca infatigable en las relaciones que se van tejiendo entre los seres, y que muchas veces van a contrapelo de los vínculos de que ellos mismos son conscientes. En fin, todo ese sistema de relaciones que están por debajo de las más obvias que desarrolla el argumento. Sólo que lo que apenas aparece apuntado en Los Jefes está magníficamente orquestado en La Ciudad  y los perros”[1]

Y también las afirmaciones de otro importante crítico de la narrativa vargallosiana, como es José Emilio Pacheco, quien sobre esta misma situación intertextual expresa:

 “Aunque la historia de casi todo escritor importante es la historia de sus cambios de estilo, el primer libro ya suele contener todos los rasgos que se amplificarán y definirán en lo porvenir. Probablemente ni el autor ni sus comentaristas crean ahora que en Los Jefes esté germinalmente el Vargas Llosa de su madurez. No sólo porque lo más obvio: el raro don de saber contar una historia, sobrevive a todas las limitaciones del aprendizaje, sino también porque allí se insinúan varias líneas que retomará en sus libros futuros:

-          La lucha por la supremacía, por ser ‘el hombre fuerte’ que se imponga al grupo o a la colectividad (en el cuento Los jefes),
-          las leyes intangibles del machismo (El Desafío),
-          el repudio por dividir a los hombres en buenos y malos, así como la visión trágica de la irresponsabilidad (El hermano menor),
-          las presiones que ejerce el  círculo de amigos, la hipocresía, el triunfo que es más perfecto porque se calla (Día Domingo),
-          la traición individual y la venganza solidaria de la pandilla (Un visitante) y
-           el carácter absurdo de la crueldad (El abuelo)” [2]

.

1.- El cuento  que da título al libro, Los Jefes, narrado en primera persona por uno de sus protagonistas, estudiante de enseñanza media, habla de una rebelión estudiantil contra el director del colegio, pero también de la rivalidad de aquel con Lu, un compañero de curso que le ha desbancado en el liderazgo de la banda de los coyotes.

El escenario de  las acciones de este cuento es Piura, como lo demuestran los topónimos propios de esa ciudad que se señalan en la siguiente cita: “La plaza estaba totalmente cubierta. Los estudiantes se mantenían tranquilos, sin discutir. Algunos fumaban. Por la avenida Sánchez Cerro pasaban muchos carros, que disminuían la velocidad al cruzar la plaza Merino.” [3]

Es a esta misma ciudad a la que llega Vargas Llosa,   siendo niño,  ya que al iniciarse el gobierno del presidente José Luis Bustamante y Rivero en 1945, su abuelo (que era pariente del presidente) obtuvo el cargo de prefecto del departamento de Piura, por lo que la familia entera regresó al Perú, desde la ciudad boliviana de Cochabamba. Los tíos de Mario se establecieron en Lima, mientras que Mario y su madre siguieron al abuelo a la ciudad de Piura. Allí Mario continuó sus estudios de primaria en el Colegio Salesiano Don Bosco, cursando el quinto grado.

“Mi primer encuentro con el Salesiano y mis nuevos compañeros de clase no fue nada  bueno. Todos tenían uno o dos años más que yo, pero parecían aún más grandes porque decían palabrotas  y hablaban de porquerías  que nosotros, allá en La Salle, en Cochabamba, ni siquiera sabían que existían. Yo regresaba todas las tardes…a darle mis quejas al tío Lucho, espantado de las lisuras que oía y furioso de que mis compañeros se burlaran de mi manera de hablar serrana y de mis dientes de conejo. Pero poco a poco me fui haciendo de amigos… gracias a los cuales fui adaptándome a las costumbres y a las gentes de aquella ciudad, que dejaría una marca tan fuerte en mi vida”.[4]

Marca que provocará, entonces que parte importante de los acontecimientos de la producción narrativa de Vargas Llosa ocurrirán en dicha ciudad: Por ejemplo, los cuentos Los Jefes y  El Desafío y, por supuesto una de sus obras mayores: La Casa Verde.

2.- En «Los jefes» surge el primer intento de voz colectiva en su producción.

Está narrado en primera persona del singular, con un uso acentuado del plural, utilizado asimismo para sugerir la idea de grupo, de clan:

La tensión se quebró violentamente, como una explosión. Todos estábamos parados: el doctor Abásalo tenía la boca abierta. Enrojecía, apretando los puños. Cuando, recobrándose, levantaba una mano y parecía a punto de lanzar un sermón, el pito sonó de verdad. Salimos corriendo con estrépito, enloquecidos, azuzados por el graznido de cuervo de Amaya, que avanzaba volteando carpetas.
El patio estaba sacudido por los gritos. Los de cuarto y tercero habían salido antes, formaban un gran círculo que se mecía bajo el polvo. Casi con nosotros, entraron los de primero y segundo; traían nuevas frases agresivas, más odio. El círculo creció. La indignación era unánime en la Media. (La Primaria tenía un patio pequeño, de mosaicos azules, en el ala opuesta del colegio. )

Mismo modo narrativo que caracteriza a Julián Huertas, narrador de El Desafío en el incipit [5] de éste: Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar” apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.

Situación discursiva que será llevada el extremo por el autor en Los Cachorros:

“Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fút­bol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambu­llirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, vora­ces”

Según José Miguel Oviedo, aquí  “el esfuerzo de Vargas Llosa está dirigido a intentar la narración en todas las personas a la vez hasta disolver los puntos de vista individuales en una sola entidad dramática, en una especie de narrador colectivo que relata en un continuum avasallador. Pero si los personajes se unifican en un gran Nosotros,[igual que en Los Jefes y en El Desafío] ese Nosotros quisiera abrazar también al lector y hacerlo copartícipe[6]

3.- Muy en relación con la colectivización del narrador, que aparece por primera vez –como ya se dijo- en el cuento Los Jefes, en este también  se inaugura la presencia -que después será una constante en la narrativa vargallosiana- del motivo del gregarismo, el que aparecerá asociado casi siempre a la constitución de bandas, pandillas, grupos, clanes,  sobre todo cuando los protagonistas de los relatos son jóvenes:

 “Los coyotes” de Los Jefes (“Salíamos por la puerta de atrás, un cuarto de hora después que la Primaria. Otros lo habían hecho ya, y la mayoría de alumnos se había detenido en la calzada, formando pequeños grupos. Discutían, bromeaban, se empujaban. -Que nadie se quede por aquí -dije. ­¡Conmigo los coyotes! -gritó Lu, orgulloso. Veinte muchachos lo rodearon. -Al Malecón -ordenó-, todos al Malecón. Tomados de los brazos, en una línea que unía las dos aceras, cerramos la marcha los de quinto, obligando a apresurarse a los menos entusiastas a codazos”); reaparecerán en Día Domingo como “los pajarracos”, Miguel, Rubén, el Melanés, Tobías, Francisco, el Escolar (“Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentisima ruleta, todo se movía. -Me hago pis  -dijo-. Voy al baño.  Los pajarracos  rieron. -¿Te rindes?  -preguntó Rubén. -Voy a hacer pis -gritó Miguel-. Si quieres, que traigan más.”); como las bandas del Justo y el Cojo en El Desafío, en fin, Choto, Chingolo, Mañuco, Lalo y Pichula Cuellar en Los Cachorros.

4.- El universo estudiantil de enseñanza media  es el que está presente en Los jefes, más aún, en el cuento el conflicto básico es el de los jóvenes contra el autoritarismo del adulto, representado por un director tiránico, casi siempre caracterizado con rasgos monstruosos y deshumanizados: “Pequeño, amoratado, Ferrufino [ el Director del Colegio] había aparecido al final del pasillo que desembocaba en el patio de recreo. Los pasitos breves y chuecos, como de pato, que lo acercaban interrumpían abusivamente el silencio que había reinado de improviso, sorprendiéndome. […] estaba frente a nosotros: recorría desorbitado los grupos de estudiantes enmudecidos. […]Pasaron algunos segundos de silencio, de sospechosa gravedad, antes de que fuéramos levantando la vista, uno por uno, hacía aquel hombrecito vestido de gris. Estaba con las manos enlazadas sobre el vientre, los pies juntos, quieto. -No quiero saber quién inició este tumulto -recitaba. Un actor: el tono de su voz, pausado, suave, las palabras casi cordiales, su postura de estatua, eran cuidadosamente afectadas. ¨¿Habría estado ensayándose solo, en su despacho?”.

5.- Directores tiránicos  que enfrentados a situaciones conflictivas las resuelven únicamente a través de un violento autoritarismo  y del chantaje.
Véase al respecto la actitud de Ferrufino frente a la justa solicitud de los alumnos: “Sus ojillos nos observaban minuciosamente. Quería aparentar sorna y despreocupación, pero no ignorábamos que su sonrisa era forzada y que en el fondo de ese cuerpo rechoncho había temor y odio. Fruncía y despejaba el ceño, el sudor brotaba a chorros de sus pequeñas manos moradas.  Estaba trémulo:
-¿Saben ustedes cómo se llama esto?  Se llama rebelión, insurrección. ¿Creen ustedes que voy a someterme a los caprichos de unos ociosos?  Las insolencias las aplasto. . .
Bajaba y subía la voz. Lo veía esforzarse por no gritar […]Se había parado. Una mancha gris flotaba en torno de sus manos, apoyadas sobre el vidrio del escritorio. De pronto su voz ascendió, se volvió áspera:
­¡Fuera! Quien vuelva a mencionar los exámenes será castigado.
-Señor director. . .Tampoco nosotros podemos aceptar que nos jalen a todos porque usted quiere que no haya horarios. ¿Por qué quiere que todos saquemos notas bajas?  ¿Por qué. . .? 
Ferrufino se había acercado. Casí lo tocaba con su cuerpo. Lu, pálido, aterrado, continuaba hablando:
-. . . estamos ya cansados. . .
-¡Cállate!
 El director había levantado los brazos y sus puños estrujaban algo.
-¡Cállate! -repitió con ira-. ¡Cállate, animal! ¡Cómo te atreves!”

6.- En el caso de Ferrufino, este también representa la generación dominante, la cual inicia y completa la destrucción de los jóvenes. El mundo de­gradado arranca de los viejos que contamina hacia abajo su encerrona. La solidaridad de los participantes del movimiento estudiantil en «Los jefes» se encuentra minada por el fracaso definitivo de la huelga:
(-Está bien  -dijo León-. Trataremos de ayudarlos. Dénse la mano. Lu levantó el rostro y me miró, apenado. Al sentir su mano entre las mías, la noté suave y delicada, y recordé que era la primera vez que nos saludábamos de ese modo. Dimos media vuelta, caminamos en fila hacía el colegio. Sentí un brazo en el hombro. Era Javier”) se halla minada por el fra­caso de la huelga y el consecuente triunfo del Director que no perderá ,entonces ni un ápice de su autoritarismo perverso.

Luego,  la recién enunciada  disparidad ge­neracional se muestra también como la hostilidad entre los conservadores direc­tores del colegio y los rebeldes estudiantes que piden modificaciones académicas y la  hallamos condensada en unas frases que gritan los estudiantes del  cuento, al referirse al viejo director del cole­gio: «Sabemos que nos odia. No nos entenderemos con él» o entre  el protagonista de El Abuelo, cuya única preocupación en su vejez, parece ser la de aterrorizar a su nieto.

7.- El hecho de que «Los jefes» y «El desafío» estén en primera persona es muy significativo, ya que refleja uno de los más vigorosos focos temáticos de estos cuentos: el machismo.

 Como afirma José Luis Martín, este llamado machismo que aparece en los cuentos, al ser en­focado a través del prisma de los adolescentes que en ellos se muestran con sus individuales problemáticas, es vertido por Vargas Llosa en un diapasón de tempo universal. No se trata del machismo pe­ruano, ni mexicano, ni antillano, ni necesariamente hispanoamerica­no, o de ninguna otra zona del mundo. Es un machismo adolescente universal.

La sicología de estos adolescentes, sus vivencias y sus actuaciones, reflejan al muchacho —así, en abstracto— de todas las latitudes y todos los tiempos, pero sin ser abstracciones los perso­najes en sí. Son seres vivos, de carne y hueso y sangre y alma. Pal­pitaciones existenciales, perfiles y siluetas arrancados de las entrañas humanas. No son individuos nacionales; son universales y las mismas que aparecen también en los cuentos Día Domingo, y en El  Hermano Menor.  

Hay un vigoroso impacto en Los Jefes a la necesidad de la unión para la lucha. La desunión, las rencillas y disensiones arruinan la fuerza del grupo. Uno de los muchachos, León, dice, en la pelea final: «Tenemos que estar unidos» '. Esta final «batalla» entre el arrogante Lu y el narrador protagonista es intensamente dramática, pero se evita la catástrofe, cuando otra vez León ordena: «Dense la mano» . Y el autor añade:

Lu levantó el rostro y me miró, apenado. Al sentir su mano entre las mías, la noté suave y delicada, y recordé que era la primera vez que nos saludábamos de ese modo'.

El heroísmo adolescente de enfrentarse a la autoridad, de desafiar la ley establecida, se transmuta primero en violencia dentro del mis­mo grupo: surge el machismo, prepotente fuerza adolescente que domina el impulso de razonar con el director del colegio. Pasión sobre razón: machismo de adolescencia. Pero hay otro impulso pos­terior que el adolescente no puede rechazar: la amistad, el amor fra­ternal. Por eso el cuento termina con las paces: amistad sobre pa­sión sobre razón.

Dicho de otro modo: Sobre la pasión dominando a la razón, se impone el amor, el amor de hermano. La tesis de que el llamado «malo» (en este cuento representado por el estudiante Lu) puede ser en el fondo «bueno» —o, como dice el autor usando una paráfrasis, que su mano era suave y delicada , y que por primera vez se habían saludado de ese modo, puesto que era el saludo de la amistad verdadera que nunca antes tuvieron—, está palpitante en este cuento.

Machismo que también presidirá los acontecimientos de El desafío y El hermano menor.

8.- Por otra parte,  la condición ambivalente de Lu –su condición de bueno/malo-  resaltada en un párrafo anterior, es demostración de otro rasgo de los personajes de Vargas Llosa que han indicado varios estudiosos, como por ejemplo, Nelson Osorio, quien afirma que en los personajes hay una marcada tendencia a escindirlos en una caracterización jánica, deliberadamente equívoca”[7].

Situación claramente detectable asimismo en, por ejemplo, la caracterización de Justo, uno de los contrincantes en El Desafío, “Desde la puerta del "Río Bar” vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces”. Equivocidad  o androginia  que se verá refrendada en el varonil duelo entre este y el Cojo, que también podría interpretarse como la representación encubierta de un violento contacto homosexual, como se ve en parte del relato del narrador: “De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear […] mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo […]. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo.[…] Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo.”

La misma condición jánica de los personajes de Vargas Llosa, es detectable también en Leonidas de El Desafío, quien de  sólo aparente testigo de la pugna (“en la puerta del "Río Bar” apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo. -¿Qué pasa?  -preguntó León. Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros. -Me muero de sed. Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota. -Justo va a pelear esta noche  -dijo, con una voz rara. Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. -Me encargó que les avisara -agregó Leonidas.-Quiere que vayan.”) pasa a ser en el desenlace el padre de Justo, (“-No llore, viejo  -dijo León.-No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras. Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo. A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté. -¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas? -Sí  -dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.”) [8].

8.- Por otra parte, el personaje que en Los Jefes es nominado Lu, prefigura al del Jaguar, de La Ciudad y los Perros. Confróntese al respecto los siguientes fragmentos de ambas obras:

En la bocacalle que se abría a pocos metros de la puerta trasera del colegio, me detuve en seco. En ese momento era imposible ver: oleadas de uniformes afluían de todos lados y cubrían la calle de gritos y cabezas descubiertas. De pronto, a unos quince pasos, encaramado sobre algo, divisé a Lu. Su cuerpo delgado se destacaba nítidamente en la sombra de la pared que lo sostenía. Estaba arrinconado y descargaba su garrote a todos lados. Entonces, entre el ruido, más poderosa que la de quienes lo insultaban y retrocedían para librarse de sus golpes, escuché su voz:
-¿Quién se acerca?  -gritaba-. ¿Quién se acerca?  […]
Lu tenía la camisa abierta; asomaba su flaco pecho lampino, sudoroso y brillante; un hilillo de sangre le corría por la nariz y los labios. Escupía de cuando en cuando y miraba con odio a los que estaban más próximos. Únicamente él tenía levantado el palo, dispuesto a descargarlo. Los otros lo habían bajado, exhaustos.
-¿Quién se acerca?  Quiero ver la cara de ese valiente (Los jefes)

–¿Usted es un matón, perro?, le preguntaron. Y entonces, fíjense bien, se les echó encima. Y riéndose. Les digo que había ahí no sé cuantos, diez o veinte o más tal vez. Y no podían agarrarlo. Algunos se sacaron las correas y lo azotaban de lejos, pero les juro que no se le acercaban. Y por la Virgen que todos tenían miedo, y juro que vi a no sé cuántos caer al suelo, cogiéndose los huevos, o con la cara rota, fíjense bien. Y él se les reía y les gritaba: ¿así que van a bautizarme?, qué bien, qué bien. (La Ciudad y los Perros).

9.- También se muestra en Los Jefes la  pugna sempiternamente presente en la sociedad peruana, como es la escisión entre serranos (los habitantes de la sierra, aquellos con raíces indígenas) y costeños (los habitantes de la costa, los poseen raíces europeas, los blanquiñosos).
 
Dependiendo de la focalización del narrador (sea este serrano o costeño) la caracterización de un personaje del otro grupo étnico será visto de manera despectiva, y adquiriendo en cada caso la denominación opuesta, el carácter de insulto.

Tal es el caso cuando el narrador de Los Jefes califica como serrano a la odiada figura del Director del colegio:
El patio estaba sacudido por los gritos. Los de cuarto y tercero habían salido antes, formaban un gran círculo que se mecía bajo el polvo. Casi con nosotros, entraron los de primero y segundo; traían nuevas frases agresivas, mas odio. El círculo creció. La indignación era unánime en la Media. (La Primaria tenía un patio pequeño, de mosaicos azules, en el ala opuesta del colegio. )
 -Quiere fregarnos, el serrano.
-Sí. Maldito sea.

10.- El ya citado Alfredo Matilla apunta –esta vez acertadamente- otras coordenadas de la cuentística que reaparecerán en la narrativa del Nobel:

“La violencia en los dos relatos (Los jefes y Día domigo)  bordea la muerte (sobre todo en Día domingo), no la causa. A partir de La ciudad y los perros ocupará el centro estructural de la obra vargasllosiana. En este libro se señalan implícitamente sus diferentes exteriorizaciones de acuerdo al proletariado o a la clase media: para ésta, la muerte es una conse­cuencia accidental de la lucha; para el proletariado, es el desenlace lógico, ineludible, del encuentro reñido entre dos hombres.
La trai­ción («Un visitante»), o el odio personal («El desafío»), desembocan en la destrucción física de uno o más de los participantes de la confrontación. La riña a puñetazos de los jóvenes burgueses en el río («Los jefes») pasa a ser duelo a cuchilladas a la orilla, también, de un río en («El desafío»). En sus novelas posteriores, la muerte real, o simbólica —como en Los cachorros, en el caso de los amigos de Cuéllar—, irá definiéndose en relación a las clases sociales: son las capas altas las que, a través del brazo de los desposeídos, emplean la violencia para perpetuar la estructura político-social que las ampara.  El úl­timo cuento de esta colección, «El abuelo», plasma la instauración del terror como coordenada de la violencia en la mente de un niño de clase acomodada. Éste, previa incorporación al mundo alienado del adulto, pasará a la adolescencia repitiendo los mitos de los ma­yores. Y es en esta etapa que dará comienzo su degeneración de modo abierto, hasta que el desgaste se haga patente en el linaje”.

11.- La violencia en «El hermano menor» es, en el fondo, un acto gratuito, revelado mediante la iluminación de un dato escondido. Casi al final nos enteramos de que Leonor no había sido violada por el indio, sino que por capricho de niña rica, déspota, lo había acu­sado. El crimen es prerrogativa de los amos. Los indios no tienen salida, aunque huyan. Pero es en «El desafío» donde funciona, por primera vez en su narrativa, el dato escondido como estrategia principal. En la últi­ma página se nos dice que Leónidas era el padre de Justo, uno de los combatientes en el río. El final ilumina todo el contenido del cuento al hacernos repasar el rol del viejo. La muerte de Justo es aún más terrible al resaltarse el estoicismo del padre y su presencia premoni­toria en el duelo.

12.- Según Fernando Moreno,  “la técnica narrativa de Vargas Llosa hace gala de múltiples re­cursos. Es particularmente interesante el hecho, de que no se respete la sucesión temporal: presente y pasado de los personajes alternan constantemente y el lector se ve así inmerso en un continuo vaivén temporal. Puede decirse que la utilización de estas nuevas técnicas posibilita tanto el expresar diversos niveles de reali­dad, como también lograr la eliminación de la distancia entre el lector y el narrador, trasladando al primero directamente a la reali­dad evocada por el libro.

 Característica es, en este sentido, la pers­pectiva múltiple e instantánea que se nos entrega por la incorpora­ción a una misma secuencia narrativa de distintos planos temporales y espaciales”.

Modo narrativo que opera ya en Los jefes, como queda explicitado en el siguiente ejemplo, donde se mezclan momentos del pasado inmediato del narrador con otros más pretéritos:
“Ante nosotros -Lu, Javier, Raygada y yo-, que dábamos la espalda a la baranda y a los interminables arenales que comenzaban en la orilla contraria del cauce, una muchedumbre compacta, extendida a lo largo de toda la cuadra, se mantenía serena, aunque a veces, aisladamente, se escuchaban gritos estridentes.
-¿Quién habla?  –preguntó Javier.
-Yo -propuso Lu, listo para saltar a la baranda.
-No-dije-. Habla tú, Javier.
Lu se contuvo y me miró, pero no estaba enojado.
-Bueno  -dijo; y agregó, encogiendo los hombros-: ¡Total!
 Javier trepó. Con una de sus manos se apoyaba en un árbol encorvado y reseco y con la otra se sostenía de mi cuello. Entre sus piernas, agitadas por un leve temblor que desaparecía a medida que el tono de su voz se hacía convincente y enérgico, veía yo el seco y ardiente cauce del río y pensaba en Lu y en los coyotes. Había sido suficiente apenas un segundo para que pasara a primer lugar; ahora tenía el mando y lo admiraban, a él, ratita amarillenta que no hacía seis meses imploraba mi permiso para entrar en la banda. Un descuido infinitamente pequeño, y luego la sangre, corriendo en abundancia por mi rostro y mi cuello, y mis brazos y piernas inmovilizadas bajo la claridad lunar, incapaces ya de responder a sus puños.
-Te he ganado  -dijo, resollando-. Ahora soy el jefe. Así acordamos.
Ninguna de las sombras estiradas en círculo en la blanda arena, se había movido. Sólo los sapos y los grillos respondían a Lu, que me insultaba. Tendido todavía sobre el cálido suelo, atiné a gritar:
-Me retiro de la banda. Formaré otra, mucho mejor.
Pero yo y Lu y los coyotes que continuaban agazapados en la sombra, sabíamos que no era verdad.
-Me retiro yo también  -dijo Javier.
Me ayudaba a levantarme. Regresamos a la ciudad, y mientras caminábamos por las calles vacías, yo iba limpiándome con el pañuelo de Javier la sangre y las lágrimas.
-Habla tú ahora  -dijo Javier. Había bajado y algunos lo aplaudían.
-Bueno -repuse y subí a la baranda”.

Como se ve, al interior de un diálogo ocurrido a propósito de quién se  dirige a los estudiantes amotinados, el narrador  inserta – en una técnica que algunos llaman caja china-  el momento anterior  en que fue vencido por Lu, dejando de ser el líder de los coyotes. Técnica que es la misma, pero mejorada por Vargas Llosa en sus novelas posteriores como se ve en este ejemplo de Conversación en la Catedral:

Esta misma integración unitaria  de instantes discrónicos diferentes, se realiza además a través del montaje de diálogos ocurridos también  en tiempos distintos, como ocurre en El Desafío:

-¿Cómo fue lo de esta tarde?  Encogió los hombros e hizo un ademán vago.
-Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta?  Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.
-¿Eres muy hombre?  -gritó el Cojo.
-Más que tú -gritó Justo.
-Quietos, bestias -decía el cura.
-¿En "La Balsa”esta noche entonces?  -gritó el Cojo.
-Bueno  -dijo Justo.
-Eso fue todo. 

Procedimiento que se extrema en Los Cachorros:

Sin embargo ése fue el único tema de conversación en los recreos y en las aulas, y el lunes siguiente cuando, a la salida del Colegio, fueron a visitarlo a la  Clínica Americana, vimos que no tenía nada en la cara ni en las manos. Estaba en un cuartito lindo, hola Cuéllar, paredes blancas y cortinas cremas, ¿ya te sanaste, cumpita?, junto a un jardín con florecitas, pasto y un árbol. Ellos lo estábamos vengando, Cuéllar, en cada recreo pedrada y pedrada contra la jaula de Judas y él bien hecho, prontito no le quedaría un hueso sano al desgraciado, se reía, cuando saliera iríamos al Colegio de noche y entraríamos por los techos, viva el jovencito pam pam, el Águi­la Enmascarada chas chas, y le haríamos ver estre­llas, de buen humor pero flaquito y pálido, a ese perro, como él a mí.



[1] “Madurez de Vargas Llosa”.
[2] “El contagio de la culpa”.
[3]  Vargas Llosa Mario. Los jefes
[4] Vargas Llosa Mario. El pez en el agua.
[5]  Incipit:  inicio del relato, el cual es considerado como el espacio textual en el que se da el montaje de la narración y la programación ideológica de texto. En él se organizan  una serie de códigos cuyo fin último es orientar la lectura.
[6] “LOS CACHORROS': FRAGMENTO DE UNA EXPLORACION TOTAL”

[7] “Apuntes para una lectura de Vargas Llosa”
[8]  Más adelante volveremos sobre esta misma situación para explicar otra de las características fundamentales de la narrativa de Vargas Llosa pesquisables en Los jefes.